En la placita del barrio hay juegos, flores árboles y muchos espacios verdes, donde los pibes se juntan a jugar un picadito.
El hijo de la muerte, el gemelo malvado de Cupido, el sobrino del engaño, el hijo de la peste y el hermano menor del hambre, caminaban sin pelota, buscando a quién hacerle partido.
- Quiero jugar. – Dice el gemelo malvado de Cupido.
- Tranqui. – Pide el hijo de la muerte. – ya vamos a encontrar una pelota.
Los cinco cruzaron la plaza de punta a punta y lo único que encontraron, fue cuatro nenes, que jugaban con una pelota roja, que hacían unos pases muy pacíficamente.
- Me los como crudos. – Dice el hermanito del hambre, mientras señala a los cuatro niños rubiecitos, de pantaloncitos cortos color negros e impecables remeras blancas.
- ¿Con eso vamos a jugar? – Pregunta el gemelo malvado de Cupido.
- Tengo una idea. – Avisa el sobrino del engaño.
El grupito se reúne y comenta la idea, parece buena, por ahí resulta.
- Buenas. – Dice el hijo de la muerte, mientras levanta la mano para saludar. – Les hacemos partido. – Desafía.
Los nenes se miran entre ellos. Uno no parece muy conforme, se siente mal, por no jugar muy bien a la pelota y teme ser el culpable de la derrota.
- Está bien. – Dice el mayor de los cuatro hermanitos. – Vamos a jugar.
Los chicos se acomodan y delimitan la cancha.
- Cuatro contra cuatro. – Dice el hijo de la muerte.
Uno de los nenes se sorprende, estaba seguro que eran cinco, pero cuando vuelven a contar, quedaban cuatro contra cuatro.
El hijo de la muerte, el gemelo malvado de Cupido, el hijo de la peste y el hermano menor del hambre, contra los cuatro nenitos.
- Pero yo soy un desastre jugando. – Admite el más chico de ellos, en voz baja.
- No te preocupes. – Dice el mayor, mientras palmea su espalda. – Dios juega con nosotros.
- ¿Si? – Se sorprende el hijo de la muerte. – Eso es trampa, a nosotros nos faltaría uno. Mejor, vamos a poner parejas las cosas.
El hijo de la muerte saca rápidamente una bolsita de cuero del bolsillo, la abre y deja caer un polvo plateado y dibuja una estrella de cinco puntas en el suelo. Realiza un rápido movimiento con las manos, se corta y deja caer un poco de sangre sobre el dibujo, al tiempo que pronuncia unas extrañas palabras.
Una explosión de fuego intenso se genera sobre la estrella y el diablo aparece en el lugar.
- Yo juego adelante. – Dice el diablo, con botines negros y tapones de acero con punta.
- AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA. – Gritan los nenes y salen corriendo desesperados, olvidando la pelota.
El diablo se ríe a carcajadas y poco a poco, va cambiando de forma, hasta volver a tener la apariencia del sobrino del engaño.
- La exjeraste con el fuego. – Reprocha el hijo de la muerte, mientras se limpia las manos y tira el sobrecito de Ketchup, con el que simuló la sangre.
El sobrino del engaño se ríe.
- Si lo sé, pero no pude evitarlo.
El hijo de la peste agarra la pelota y empieza a hacer jueguitos.
- ¿Cómo jugamos?
- Un 25, a un toque. – Dice el gemelo malvado de Cupido. – Vale quemarropa.
26/2/09
4/2/09
Ajo y agua, macho
4/2/09
La muerte espera sentada en una silla, sin que nadie logre advertirla, mientras un hombre pinta el techo de su cocina, subido a una vieja escalera de madera.
- Cuidado. – Advierte la mujer del hombre. – La escalera está mal apoyada, te vas a caer.
El hombre se ríe, mira a su mujer y se agranda.
- ¿Sabés a cuántas escaleras me subí yo?
- Ni idea. – Piensa la parca. – Pero esta es tu última escalera, macho. – La muerte menea la cabeza y mira la hora. – Falta poco.
El hombre da un brochazo largo al techo y la escalera se tambalea. El hombre se aferra y planta firme los pies. La escalera vuelve a su lugar y se acomoda. El hombre respira y sigue pintando, como si nada hubiera pasado.
La muerte menea la cabeza una vez más y comienza a sentir un cosquilleo en la panza. Se escucha, de pronto, la marcha fúnebre y la parca saca el celular del bolsillo canguro, que Doña Marta le cosió al frente de la túnica.
- Hola. – Atiende. - ¿Qué hacés Sole?... Acá ando, laburando, ¿Vos?... ¿Partido hoy? Si me prendo, ¿contra quién jugamos?...
Se escucha un grito, la escalera se va en banda. El hombre cae para un lado, la brocha para el otro, el tarro de pintura vuela hacia la cabeza de la muerte, que lo esquiva con muy buenos reflejos y la mujer se desmaya.
- Aguantame un toque, Sole. – Dice la muerte, que deja el celular sobre la mesa y agarra la guadaña.
El cuerpo del hombre queda quieto en el suelo, sobre un charco de sangre y pintura blanca. Un resplandor plateado se advierte en el inerte pecho y una silueta luminosa y traslúcida, con facciones similares a las del cadáver, se eleva como un globo con helio, atado al cuerpo, por un hilo de plata.
- ¿Qué pasó? – Pregunta el alma del hombre. - ¿Por qué me matás?
La muerte larga una carcajada.
- Y ¿A mi me lo decís? – Se ríe la parca. – Tu “jermu” te avisó que la escalera estaba mal apoyada, casi te vas en banda hace un ratito, pero el señorito no… “¿Sabés a cuántas escaleras me subí yo?” – Se burla la parca, imitando el tono utilizado por el hombre. – Ahora jodete macho, bancatelá. – La muerte levanta la guadaña y corta el hilo de plata, con un movimiento espectacular, ensayado y utilizado durante milenios.
El alma del hombre, resignada, se eleva hasta el techo a medio pintar.
- Dale derecho. – Indica la muerte. – Seguí hasta el primer semáforo y doblá a la derecha. Decile a San Pedro, que vas de mi parte.
El alma del hombre traspasa el techo y sigue hasta el cielo.
La muerte se acerca a la mesa, agarra el teléfono y se lo pone en el costado derecho del cráneo, sosteniéndolo con el hombro.
- Sole, ¿estás? – La muerte sigue hablando, mientras acomoda la silla en la que estaba sentada y se encamina a la puerta de salida de la casa. – Nada, te dije que estaba laburando. ¿A qué hora jugamos?
- Cuidado. – Advierte la mujer del hombre. – La escalera está mal apoyada, te vas a caer.
El hombre se ríe, mira a su mujer y se agranda.
- ¿Sabés a cuántas escaleras me subí yo?
- Ni idea. – Piensa la parca. – Pero esta es tu última escalera, macho. – La muerte menea la cabeza y mira la hora. – Falta poco.
El hombre da un brochazo largo al techo y la escalera se tambalea. El hombre se aferra y planta firme los pies. La escalera vuelve a su lugar y se acomoda. El hombre respira y sigue pintando, como si nada hubiera pasado.
La muerte menea la cabeza una vez más y comienza a sentir un cosquilleo en la panza. Se escucha, de pronto, la marcha fúnebre y la parca saca el celular del bolsillo canguro, que Doña Marta le cosió al frente de la túnica.
- Hola. – Atiende. - ¿Qué hacés Sole?... Acá ando, laburando, ¿Vos?... ¿Partido hoy? Si me prendo, ¿contra quién jugamos?...
Se escucha un grito, la escalera se va en banda. El hombre cae para un lado, la brocha para el otro, el tarro de pintura vuela hacia la cabeza de la muerte, que lo esquiva con muy buenos reflejos y la mujer se desmaya.
- Aguantame un toque, Sole. – Dice la muerte, que deja el celular sobre la mesa y agarra la guadaña.
El cuerpo del hombre queda quieto en el suelo, sobre un charco de sangre y pintura blanca. Un resplandor plateado se advierte en el inerte pecho y una silueta luminosa y traslúcida, con facciones similares a las del cadáver, se eleva como un globo con helio, atado al cuerpo, por un hilo de plata.
- ¿Qué pasó? – Pregunta el alma del hombre. - ¿Por qué me matás?
La muerte larga una carcajada.
- Y ¿A mi me lo decís? – Se ríe la parca. – Tu “jermu” te avisó que la escalera estaba mal apoyada, casi te vas en banda hace un ratito, pero el señorito no… “¿Sabés a cuántas escaleras me subí yo?” – Se burla la parca, imitando el tono utilizado por el hombre. – Ahora jodete macho, bancatelá. – La muerte levanta la guadaña y corta el hilo de plata, con un movimiento espectacular, ensayado y utilizado durante milenios.
El alma del hombre, resignada, se eleva hasta el techo a medio pintar.
- Dale derecho. – Indica la muerte. – Seguí hasta el primer semáforo y doblá a la derecha. Decile a San Pedro, que vas de mi parte.
El alma del hombre traspasa el techo y sigue hasta el cielo.
La muerte se acerca a la mesa, agarra el teléfono y se lo pone en el costado derecho del cráneo, sosteniéndolo con el hombro.
- Sole, ¿estás? – La muerte sigue hablando, mientras acomoda la silla en la que estaba sentada y se encamina a la puerta de salida de la casa. – Nada, te dije que estaba laburando. ¿A qué hora jugamos?
20/1/09
Enseña Paterna
20/1/09
Llega el sábado a la tarde y tras dormir un ratito la siesta, la muerte se sienta en el sillón del comedor, con su hijo más pequeño sobre las rodillas.
- Tengo algo que enseñarte. – Le dice el padre al hijo, un tanto emocionado.
El nene se entusiasma.
- ¿Me vas a enseñar a despanzurrar un alma con la guadaña? – Pregunta el inocente vástago, con los ojos llenos de felicidad.
- No. – Asegura la muerte, sorprendido.
El nene piensa rápido.
- ¿El toque silencioso? Que grande mi viejo, tiene estilo. – El nene palmea el hombro de su papá.
- Tampoco. – Dice la muerte. – Te quiero enseñar…
- Ya sé. – Dice el nene, mientras aplaude y se frota las manos, interrumpiendo a su padre. – Me vas a enseñar a imponerle terror al universo entero, a controlar el tiempo, la vida y a ser el azote de todas las criaturas.
- ¡No! – Dice la muerte, enojado. – Te voy a enseñar algo más importante que todo eso.
El nene abre los ojos de par en par. La muerte agarra el control remoto, prende la tele y pone un canal de deportes, justo cuando Chacarita Juniors sale a la cancha.
- Escuchá y aprendé esta enseña de tu padre. – La muerte sonríe, mira a sus hijos a los ojos y comienza a cantar. – “Sooooooooooy Funebrero, es un sentimiento, que no puedo paraaaaaaar. Olé, olé, olé, olé, olé, olé, olá, olé, olé, olé, cada día te quiero más. Sooooooooooy Funebrero, es un sentimiento, que no puedo paraaaaaaar. Olé, olé, olé, olé, olé, olé, olá, olé, olé, olé, cada día te quiero más…”
- Tengo algo que enseñarte. – Le dice el padre al hijo, un tanto emocionado.
El nene se entusiasma.
- ¿Me vas a enseñar a despanzurrar un alma con la guadaña? – Pregunta el inocente vástago, con los ojos llenos de felicidad.
- No. – Asegura la muerte, sorprendido.
El nene piensa rápido.
- ¿El toque silencioso? Que grande mi viejo, tiene estilo. – El nene palmea el hombro de su papá.
- Tampoco. – Dice la muerte. – Te quiero enseñar…
- Ya sé. – Dice el nene, mientras aplaude y se frota las manos, interrumpiendo a su padre. – Me vas a enseñar a imponerle terror al universo entero, a controlar el tiempo, la vida y a ser el azote de todas las criaturas.
- ¡No! – Dice la muerte, enojado. – Te voy a enseñar algo más importante que todo eso.
El nene abre los ojos de par en par. La muerte agarra el control remoto, prende la tele y pone un canal de deportes, justo cuando Chacarita Juniors sale a la cancha.
- Escuchá y aprendé esta enseña de tu padre. – La muerte sonríe, mira a sus hijos a los ojos y comienza a cantar. – “Sooooooooooy Funebrero, es un sentimiento, que no puedo paraaaaaaar. Olé, olé, olé, olé, olé, olé, olá, olé, olé, olé, cada día te quiero más. Sooooooooooy Funebrero, es un sentimiento, que no puedo paraaaaaaar. Olé, olé, olé, olé, olé, olé, olá, olé, olé, olé, cada día te quiero más…”
19/1/09
Tarde agitada
19/1/09
Un hombre corre por la calle, al tiempo que grita como un desaforado, pero las llamas lo cubren y nadie puede entender las palabras que pronuncia.
- ¿Qué dijo? – Pregunta un anciano sentado en el banco de la plaza, a otro anciano que se encuentras junto a él.
- ¿Qué dijiste? – Indaga el segundo anciano, colocando un cono de metal en su oído, para escuchar mejor.
- Nada. – Dice el primer anciano, comprendiendo que jamás obtendrá una buena respuesta.
Ambos ancianos se quedan allí, sentados, mirando el mundo pasar frente a sus ojos, mucho más rápido de lo que ellos pueden llegar a advertir.
Un perro callejero se acerca a los ancianos y se echa al suelo, frente a ellos.
- Ese si que no tiene problemas. – Dice el segundo anciano, señalando al perro.
El perro levanta una oreja, abre un ojo y mientras pispea de reojo al anciano, se rasca la cola y le lanza unas garrapatas a la pierna.
- Te pasa por viejo botón – dice el perro en idioma canino, sabiendo que los humanos no van a comprenderlo. – ya vas a ver cuando muerdan, si tengo problemas o no.
El perro se levanta ofendido y camina muy tranquilamente hasta la esquina, pero de pronto ve un gato y comienza a perseguirlo.
El gato ve como un gran perro marrón se le viene encima y se lanza en una carrera desenfrenada, para salvar la vida.
El gato es mucho más rápido y más pequeño que el perro, pero el canino no le pierde pisada.
El anciano comienza a rascarse la pierna, el hombre cubierto de llamas pasa nuevamente frente a ellos, pero tampoco logran entenderlo.
El gato llega hasta un árbol, trepa sin peligro y se esconde entre las ramas. El perro se queda abajo, ladrando insultos en su idioma.
El gato camina por una rama y encuentra un nido de pajaritos, con tres pichoncitos.
El felino mira hacia el cielo y le agradece al dios de los gatos, luego se relame y se acerca al nido.
El mundo se detiene por un minúsculo instante. La parca se acomoda el cuello, entrelaza los dedos, los estira y tras sonar todos sus nudillos, agarra la guadaña y sale.
- Hora de trabajar. – Dice.
El mundo sigue su curso, un poco más rápido que antes.
El gato levanta la pata derecha y saca las garras. Un pájaro golpea el costado de su cuerpo, tras lanzarse como un piloto kamikaze, al grito de “Banzai”. El gato cae desde el árbol al suelo, pero lo hace de pie, porque es gato. El perro se le lanza encima, el gato lo esquiva, el perro ataca otra vez y lo alcanza, llevándoselo a la rastra.
El viejo se levanta apurado, mientras las garrapatas le devoran la pierna. Comienza a golpear sus extremidades con el bastón y con el cono de metal para escuchar mejor. El impulso, los nervios y la desesperación lo llevan hasta la mitad de la calle, donde un hombre cubierto por las llamas se lo choca y los dos van a parar al suelo.
Los tres pajaritos ven como su madre quedó mareada por el golpe y se preocupan por ella. La mamá pájaro abre las alas y como borracho que divisó un colchón, se lanza de cabeza. Los pichones creen que es su primera lección de vuelo y la siguen.
El primer anciano, que aun estaba sentado en el banco, recibe un pedazo de gato en el regazo, mientras que el resto del felino trata de zafarse de los dientes del perro. El anciano se asusta, se levanta y dos cuerpos cubiertos en llamas lo golpean de costado.
La mamá pájaro y los tres pichoncitos caen y caen y caen y caen hasta que impactan contra un gran charco de barro, salvándose de pedo. El perro se quema la cola con el fuego y sale corriendo, dejando la mitad del gato sobre la vereda. Los dos ancianos y el hombre caen a la tierra y el impulso los hace girar, apagando el fuego.
El gato ve la escena y se muere.
La muerte ve todo el quilombo, que se armó en dos segundos y medio, como se solucionó y de la calentura, pega una patada a un poste, pero al menos se va a llevar al gato, por lo que no bajó al pedo.
El gato siente el contacto de la muerte y abre los ojos.
- Esperá un cacho. – Le dice el gato a la parca en idioma felino y como la parca habla de todo, lo entiende y lo espera.
El gato se arrastra hasta donde está el otro pedazo de él y se une como puede. Haciendo equilibrio se acerca hasta la parca, le roza la pierna fría con su cuerpo cercenado, pero rejuntado y cuando la muerte menos se lo espera, el gato saca de un bolsillo una tarjeta de Sacoa y se la pasa por el culo.
- Me quedan seis créditos, ahora. – Anuncia el gato, que ve como su herida sana y como su movimiento vuelve a ser el de antes.
La muerte ve a todos los sobrevivientes y lanza una puteada, luego se va a la casa, cuelga la túnica, deja la guadaña sobre el ropero, para que los chicos no jueguen ni se corten y se sienta en la mesa de la cocina.
- ¿Cómo te fue hoy? – le pregunta la mujer, mientras le pasa un mate.
La muerte agarra el mate, le da una chupada fuerte y se mete un bizcochito de grasa en la boca.
- Fue un día de mierda. – Responde la parca, que como todo el mundo se encuentra atascado en un trabajo desagradable, por un sueldo que no alcanza, con clientes exigentes y un jefe que no sólo cree saberlo todo sino, que es omnisciente.
- ¿Qué dijo? – Pregunta un anciano sentado en el banco de la plaza, a otro anciano que se encuentras junto a él.
- ¿Qué dijiste? – Indaga el segundo anciano, colocando un cono de metal en su oído, para escuchar mejor.
- Nada. – Dice el primer anciano, comprendiendo que jamás obtendrá una buena respuesta.
Ambos ancianos se quedan allí, sentados, mirando el mundo pasar frente a sus ojos, mucho más rápido de lo que ellos pueden llegar a advertir.
Un perro callejero se acerca a los ancianos y se echa al suelo, frente a ellos.
- Ese si que no tiene problemas. – Dice el segundo anciano, señalando al perro.
El perro levanta una oreja, abre un ojo y mientras pispea de reojo al anciano, se rasca la cola y le lanza unas garrapatas a la pierna.
- Te pasa por viejo botón – dice el perro en idioma canino, sabiendo que los humanos no van a comprenderlo. – ya vas a ver cuando muerdan, si tengo problemas o no.
El perro se levanta ofendido y camina muy tranquilamente hasta la esquina, pero de pronto ve un gato y comienza a perseguirlo.
El gato ve como un gran perro marrón se le viene encima y se lanza en una carrera desenfrenada, para salvar la vida.
El gato es mucho más rápido y más pequeño que el perro, pero el canino no le pierde pisada.
El anciano comienza a rascarse la pierna, el hombre cubierto de llamas pasa nuevamente frente a ellos, pero tampoco logran entenderlo.
El gato llega hasta un árbol, trepa sin peligro y se esconde entre las ramas. El perro se queda abajo, ladrando insultos en su idioma.
El gato camina por una rama y encuentra un nido de pajaritos, con tres pichoncitos.
El felino mira hacia el cielo y le agradece al dios de los gatos, luego se relame y se acerca al nido.
El mundo se detiene por un minúsculo instante. La parca se acomoda el cuello, entrelaza los dedos, los estira y tras sonar todos sus nudillos, agarra la guadaña y sale.
- Hora de trabajar. – Dice.
El mundo sigue su curso, un poco más rápido que antes.
El gato levanta la pata derecha y saca las garras. Un pájaro golpea el costado de su cuerpo, tras lanzarse como un piloto kamikaze, al grito de “Banzai”. El gato cae desde el árbol al suelo, pero lo hace de pie, porque es gato. El perro se le lanza encima, el gato lo esquiva, el perro ataca otra vez y lo alcanza, llevándoselo a la rastra.
El viejo se levanta apurado, mientras las garrapatas le devoran la pierna. Comienza a golpear sus extremidades con el bastón y con el cono de metal para escuchar mejor. El impulso, los nervios y la desesperación lo llevan hasta la mitad de la calle, donde un hombre cubierto por las llamas se lo choca y los dos van a parar al suelo.
Los tres pajaritos ven como su madre quedó mareada por el golpe y se preocupan por ella. La mamá pájaro abre las alas y como borracho que divisó un colchón, se lanza de cabeza. Los pichones creen que es su primera lección de vuelo y la siguen.
El primer anciano, que aun estaba sentado en el banco, recibe un pedazo de gato en el regazo, mientras que el resto del felino trata de zafarse de los dientes del perro. El anciano se asusta, se levanta y dos cuerpos cubiertos en llamas lo golpean de costado.
La mamá pájaro y los tres pichoncitos caen y caen y caen y caen hasta que impactan contra un gran charco de barro, salvándose de pedo. El perro se quema la cola con el fuego y sale corriendo, dejando la mitad del gato sobre la vereda. Los dos ancianos y el hombre caen a la tierra y el impulso los hace girar, apagando el fuego.
El gato ve la escena y se muere.
La muerte ve todo el quilombo, que se armó en dos segundos y medio, como se solucionó y de la calentura, pega una patada a un poste, pero al menos se va a llevar al gato, por lo que no bajó al pedo.
El gato siente el contacto de la muerte y abre los ojos.
- Esperá un cacho. – Le dice el gato a la parca en idioma felino y como la parca habla de todo, lo entiende y lo espera.
El gato se arrastra hasta donde está el otro pedazo de él y se une como puede. Haciendo equilibrio se acerca hasta la parca, le roza la pierna fría con su cuerpo cercenado, pero rejuntado y cuando la muerte menos se lo espera, el gato saca de un bolsillo una tarjeta de Sacoa y se la pasa por el culo.
- Me quedan seis créditos, ahora. – Anuncia el gato, que ve como su herida sana y como su movimiento vuelve a ser el de antes.
La muerte ve a todos los sobrevivientes y lanza una puteada, luego se va a la casa, cuelga la túnica, deja la guadaña sobre el ropero, para que los chicos no jueguen ni se corten y se sienta en la mesa de la cocina.
- ¿Cómo te fue hoy? – le pregunta la mujer, mientras le pasa un mate.
La muerte agarra el mate, le da una chupada fuerte y se mete un bizcochito de grasa en la boca.
- Fue un día de mierda. – Responde la parca, que como todo el mundo se encuentra atascado en un trabajo desagradable, por un sueldo que no alcanza, con clientes exigentes y un jefe que no sólo cree saberlo todo sino, que es omnisciente.
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